La ouija a la luz del Espiritismo: lo que enseña Kardec sobre las comunicaciones frívolas

Mesa de estudio con un tablero antiguo a la luz de una vela y un libro abierto bajo una lámpara de aceite
Práctica espírita · Comunicaciones

La ouija a la luz del Espiritismo: lo que enseña Kardec sobre las comunicaciones frívolas

Llega Halloween y la ouija vuelve a las fiestas, a las películas y a las pijamadas. Unos la ven como un juego inofensivo; otros, como una puerta peligrosa. ¿Qué diría Allan Kardec si alguien le pusiera un tablero delante?

Cada año, cuando se acerca el 31 de octubre, aparecen las mismas preguntas: ¿funciona de verdad?, ¿quién mueve el puntero?, ¿es peligroso jugar?, ¿qué pasa si el tablero «dice» algo terrible? Algunas personas llegan al Espiritismo precisamente por una experiencia con la ouija que las asustó o las intrigó.

La Doctrina Espírita tiene mucho que decir sobre este tema, aunque no de la manera que muchos esperan. No ofrece rituales para «cerrar» el tablero ni historias de objetos malditos. Ofrece algo más útil: criterios para entender qué ocurre, quién puede comunicarse y por qué la actitud de quienes participan importa más que el objeto que usan.

I. Un tablero que Kardec no conoció

Conviene empezar por una aclaración histórica. Allan Kardec murió en 1869. La ouija, tal como la conocemos, con las letras, los números, el «sí» y el «no» impresos, fue patentada en Estados Unidos en 1891 por un grupo de empresarios de Baltimore. Kardec nunca opinó sobre ella, y sería deshonesto atribuirle frases sobre un objeto que no existía en su época.

Sí conoció, en cambio, a sus antepasados directos. En El Libro de los Médiums describe las «cestitas» y «tablitas» provistas de un lápiz que se usaban en los primeros años de las manifestaciones: pequeños aparatos sobre los que una o dos personas apoyaban los dedos y que se desplazaban sobre el papel trazando letras (ítems 152 a 156). Una de ellas era una tablita triangular u ovalada que se deslizaba sobre ruedecitas: prácticamente el puntero de la ouija.

Por eso podemos aplicar al tablero moderno los principios que Kardec expuso para esos instrumentos. Lo que sigue no es su opinión sobre la ouija, sino lo que se deduce de su enseñanza.

II. El instrumento no habla

La primera enseñanza es sencilla y desarma buena parte del misterio: el objeto no tiene ningún poder propio. Kardec explica que en estos aparatos «no es la cestita la que es inteligente, es un instrumento dirigido por una inteligencia»; no es en realidad «sino un lapicero, un apéndice de la mano» (ítem 157).

En el ítem siguiente insiste con cierto humor. Hablar de «comunicaciones de una tablita» sería tan absurdo como si un autor pusiera en la portada de su libro que lo escribió con una pluma metálica. Y concluye: «Lo que importa conocer no es la naturaleza del instrumento, sino el modo como se obtiene» (ítem 158).

Aplicado a la ouija, esto significa que el tablero no es un portal, ni un objeto maldito, ni algo que haya que quemar o enterrar. Es madera o cartón con letras impresas. Si alguna vez interviene una inteligencia, lo decisivo es quiénes participan y con qué disposición, no el pedazo de madera.

III. No todo movimiento es un Espíritu

Antes de preguntar qué Espíritu responde, hay que preguntarse si responde alguno. Por los mismos años en que Kardec comenzaba a estudiar las mesas giratorias, el físico Michael Faraday demostró con un aparato sencillo que muchos movimientos de esas mesas se debían a pequeños empujes musculares de los propios participantes, hechos sin darse cuenta y sin intención de engañar. El fisiólogo William Carpenter dio nombre a este fenómeno: efecto ideomotor. Hoy es la explicación que la psicología ofrece para buena parte de lo que ocurre con el puntero de la ouija.

Esto no contradice al Espiritismo; lo obliga a ser riguroso. Kardec nunca pidió que se aceptara todo como comunicación espiritual. Su primer principio para juzgar cualquier mensaje es que «no hay otro criterio para discernir el valor de los Espíritus, que el buen sentido», y pide examinar las palabras recibidas para «pesarlas fríamente, con madurez y sin prevención» (ítem 267). Un espírita bien formado es el primero en sospechar de lo que puede explicarse por causas comunes.

La fe razonada no necesita ver un Espíritu detrás de cada movimiento. Necesita distinguir lo que se sabe, lo que se cree y lo que todavía no se ha comprobado.

IV. Si alguien responde, ¿quién es?

Supongamos ahora que en una sesión de ouija sí se manifiesta un Espíritu. Kardec es muy claro sobre la clase de comunicaciones que suelen producirse en ambientes de diversión. Las llama comunicaciones frívolas y las atribuye a «los Espíritus ligeros, burlones y traviesos, más maliciosos que malvados», que «no dan ninguna importancia a lo que dicen». Para ellos, «la verdad es el menor de sus cuidados», y les divierte engañar a quienes tienen la debilidad de creerles bajo palabra (ítem 135).

En el capítulo sobre las reuniones espíritas, Kardec describe las reuniones frívolas con una exactitud que sorprende, porque parece estar hablando de una noche de ouija entre amigos: allí «se hacen decir la buenaventura por los Espíritus», se les pide «adivinar la edad, lo que se lleva en el bolsillo, descubrir pequeños secretos y mil otras cosas de esta importancia». Y añade que «el simple buen sentido dice que los Espíritus elevados no pueden venir a tales reuniones» (ítem 325).

La razón es una ley de afinidad que recorre toda la doctrina: «cualquiera que sea el carácter de una reunión, encontrará siempre Espíritus dispuestos a secundar sus tendencias» (ítem 327). Quien busca entretenimiento atrae a quien quiere entretenerse. Quien llama por curiosidad a un familiar fallecido, a un personaje famoso o a «un ángel» no tiene ninguna garantía de que responda quien dice ser.

V. Las preguntas que nunca conviene tomarse en serio

Buena parte del miedo que deja la ouija nace de lo que el tablero «predice»: un accidente, una desgracia, la fecha de la muerte de alguien. Aquí la enseñanza espírita es especialmente tranquilizadora.

Cuando Kardec preguntó a los Espíritus si pueden hacernos conocer el porvenir, la respuesta fue tajante: «la manifestación de los Espíritus no es un medio de adivinación». Y sobre quienes anuncian la muerte de alguien en día y hora fijos, la respuesta fue: «Estos Espíritus son bromistas de mal género que no tienen otro objeto que divertirse por el miedo que hacen. Nunca debe hacerse caso de lo que digan» (ítem 289).

Entre los criterios para reconocer a los Espíritus ligeros, Kardec incluye justamente la facilidad con que profetizan y precisan fechas: «todo anuncio de un acontecimiento a época fija es indicio de una mixtificación» (ítem 267). Si alguien quedó angustiado porque un tablero le anunció una tragedia, la respuesta de la doctrina es clara: no merece crédito.

VI. Entonces, ¿es peligrosa?

Kardec no trivializa los riesgos, pero tampoco alimenta el pánico. Reconoce que la obsesión, la influencia persistente de un Espíritu inferior sobre una persona, es «uno de los más grandes escollos de la mediumnidad» (ítem 242). Entre sus señales menciona la creencia ciega en lo que dicen los Espíritus, sobre todo cuando se presentan con nombres venerables; la confianza en sus elogios; la tendencia a apartarse de quienes pueden dar un buen consejo, y la molestia ante cualquier crítica (ítem 243).

Al mismo tiempo, aclara dónde está el verdadero peligro: no en el Espiritismo ni en el instrumento, sino en la credulidad y en «la orgullosa propensión» a creerse elegido por Espíritus superiores (ítem 244). Y recuerda que la influencia de los Espíritus existe siempre, se crea o no en ellos. Lo que protege no es evitar una palabra o un objeto, sino el discernimiento y la conducta moral.

Para quien se siente molestado por comunicaciones de este tipo, el consejo es sereno: mostrarle al Espíritu «que uno no es su juguete», ser más paciente que él, orar por él y pedir la asistencia de los buenos Espíritus, e interrumpir toda comunicación con quien no quiere entrar en razón (ítem 249). Kardec agrega que no existe «ninguna fórmula, ni menos ninguna palabra sacramental» capaz de alejar a un Espíritu obsesor (ítem 251): la única autoridad sobre él es moral.

Una nota de cuidado: si después de una experiencia con la ouija alguien, sobre todo un niño o un adolescente, queda con miedo persistente, insomnio o angustia, lo primero es hablar con calma con un adulto de confianza. Si el malestar no cede, conviene buscar también la ayuda de un profesional de la salud. La orientación espiritual y la atención psicológica no se excluyen.

VII. La alternativa: estudiar antes de preguntar

Si la ouija despierta curiosidad por la vida después de la muerte, esa curiosidad es legítima. Lo que Kardec propone es cambiar el método. En lugar del juego, el estudio; en lugar de la sesión improvisada, la reunión seria. Las reuniones instructivas, dice, tienen como primera condición «el permanecer formales en toda la extensión de la palabra», porque los Espíritus superiores no acuden a las asambleas de «hombres ligeros y superficiales» (ítem 327).

También pide cuidar las preguntas. Deben prepararse con claridad y orden, y conviene evitar sobre todo las que buscan «poner su perspicacia a prueba» o satisfacer una vana curiosidad (ítem 286). Y para evaluar cualquier mensaje ofrece señales sencillas: los buenos Espíritus aconsejan y no mandan, no adulan, reconocen lo que no saben y nunca siembran miedo ni discordia (ítem 267).

Por eso la ouija no forma parte de la práctica espírita. No por superstición ni por miedo al tablero, sino porque reduce a un pasatiempo algo que, bien entendido, sirve para consolar, instruir y mejorarnos moralmente.

🕊️ Para meditar

Si pudieras comunicarte con alguien del mundo espiritual, ¿qué le preguntarías? ¿Buscarías saber tu futuro o comprender mejor cómo vivir el presente?

La calidad de las respuestas depende de la calidad de las preguntas, y la calidad de las preguntas depende de quien las hace.

Fuentes doctrinales

Otras fuentes

Las citas corresponden a la traducción al español publicada en KardecPedia. La aplicación de estos principios a la ouija, que Kardec no conoció, es una lectura editorial a partir de esos textos.

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