Espíritu, periespíritu y cuerpo físico: los tres componentes del ser humano

Reencarnación y vínculos · 4 de 4

Solemos hablar del ser humano como si fuera cuerpo y alma, dos piezas encajadas. La Doctrina Espírita propone algo más preciso: entre una y otra hay un tercer elemento que lo explica casi todo.

Espíritu, periespíritu y cuerpo físico: los tres componentes del ser humano

En las entradas anteriores de esta serie hablamos del olvido de las vidas pasadas, del reencuentro de las almas y de los límites de la ley de progreso. En las tres apareció, sin nombrarse, la misma pregunta de fondo: ¿qué es exactamente lo que reencarna, lo que recuerda, lo que ama y lo que progresa?

Responderla exige mirar la estructura del ser humano. Y ahí la Doctrina Espírita introduce una precisión que suele pasar desapercibida: no somos dos cosas unidas, sino tres.

I. Tres elementos, no dos

La pregunta 135 de El Libro de los Espíritus plantea el asunto sin rodeos: además del alma y del cuerpo, ¿hay alguna otra cosa en el hombre? La respuesta de los Espíritus es breve: «El lazo que une el alma al cuerpo».

Kardec insiste y pregunta por la naturaleza de ese lazo. Le responden que es semimaterial, que sirve de intermediario entre el Espíritu y el cuerpo, y que así debe ser para que ambos puedan comunicarse. Por medio de ese lazo el Espíritu actúa sobre la materia, y la materia sobre el Espíritu.

De ahí la conclusión que el propio Kardec formula: el ser humano está formado por tres partes esenciales.

  1. El cuerpo, ser material análogo al de los animales, animado por el mismo principio vital.
  2. El alma, es decir, el Espíritu encarnado, cuya habitación temporal es ese cuerpo.
  3. El periespíritu, principio intermediario, sustancia semimaterial que envuelve al Espíritu y lo une al cuerpo.

Y cierra con una imagen que vale más que una definición: en el fruto, el germen, el periespermo y la cáscara. El germen es el Espíritu; la cáscara, el cuerpo; y entre ambos, esa capa intermedia que los mantiene unidos y hace posible que el germen crezca. De hecho, la palabra periespíritu nació justamente de esa analogía botánica.

II. El cuerpo no es una prisión ni un enemigo

Conviene detenerse aquí, porque en este punto el Espiritismo se aparta de ciertas espiritualidades que tratan la materia con desprecio.

El Libro de los Espíritus dedica un capítulo entero al principio vital: esa fuerza que anima a los seres organizados, tanto vegetales como animales, y que no debe confundirse con la inteligencia ni con el alma. El cuerpo humano participa de la vida orgánica igual que cualquier otro ser vivo. No hay nada indigno en eso.

Lo que la Doctrina afirma es que el cuerpo es un instrumento, no una condena. Es el medio por el cual el Espíritu ejerce su acción en el mundo material, aprende, prueba, repara y se relaciona. Un instrumento con límites reales —enfermedad, cansancio, deterioro—, pero cuyos límites forman parte del aprendizaje, no lo estorban.

Por eso el Espiritismo no propone maltratar el cuerpo ni renunciar a la vida terrena. Propone usarla bien. Y por eso, además, la doctrina toma en serio la salud física y mental: el estado del instrumento sí influye en lo que el Espíritu puede expresar a través de él.

III. El periespíritu: el puente

Si el cuerpo es materia densa y el Espíritu es un ser inteligente e inmaterial, algo tiene que permitir que se comuniquen. Ese es el papel del periespíritu.

En la pregunta 93, Kardec quiere saber si el Espíritu propiamente dicho está desnudo o rodeado de alguna sustancia. La respuesta describe una envoltura «vaporosa» para nosotros y todavía «grosera» para ellos, pero lo bastante ligera para sostenerse en la atmósfera y trasladarse a voluntad.

La pregunta 94 añade un detalle que muchos pasan por alto: el Espíritu toma esa envoltura del fluido universal de cada mundo, y por eso el periespíritu no es igual en todos los planetas. Al pasar de un mundo a otro, dice la respuesta, el Espíritu cambia de envoltura «como vosotros de vestido».

Esa imagen es útil porque desactiva dos malentendidos frecuentes. El periespíritu no es el Espíritu —es su vestimenta, no su identidad—, y tampoco es un cuerpo fijo e inmutable: se transforma, se afina y refleja el estado moral de quien lo lleva.

Vale la pena subrayar el método con que Kardec llegó a este concepto. El periespíritu no fue una especulación filosófica ni un préstamo tomado de otra tradición: surgió de la observación sistemática de los fenómenos mediúmnicos y del control cruzado de las respuestas obtenidas en distintos grupos y por distintos médiums. Es, en sentido estricto, una conclusión —no un punto de partida—, y de ahí su solidez dentro del conjunto de la Doctrina.

IV. Qué se vuelve comprensible con esta idea

El valor de un concepto se mide por lo que permite entender. Y el periespíritu ordena varias cosas a la vez.

La forma que presentan los Espíritus. Los relatos mediúmnicos y las descripciones de las ciudades espirituales que vimos en artículos anteriores hablan de seres con figura reconocible. La pregunta 95 lo aclara: esa envoltura semimaterial puede adoptar «la forma que plazca al Espíritu», y por eso llega a ser perceptible en sueños o en estado de vigilia. El Espíritu no queda reducido a un punto abstracto; conserva un soporte capaz de expresar una figura.

La continuidad de la sensación. Si el desencarnado nada más perdiera el cuerpo, no debería sentir ni percibir nada. La existencia del periespíritu explica que siga habiendo percepción, sensibilidad y —en algunos casos— dolor.

La turbación después de la muerte. El Libro de los Espíritus describe ese estado confuso que sigue a la separación. Un Espíritu muy apegado a lo material puede tardar en comprender que ya no tiene cuerpo, precisamente porque su envoltura conserva impresiones y hábitos de la vida física. Es el tema que desarrollamos en La turbación del espíritu: el despertar tras la muerte; aquí solo nos interesa señalar cuál es la pieza que lo hace posible.

Los fenómenos mediúmnicos. Sin un intermediario semimaterial, la comunicación entre un ser inmaterial y un organismo físico sería inexplicable. El periespíritu es la pieza que Kardec propone para cerrar ese circuito.

El vínculo con el progreso moral. Y esto conecta con el artículo anterior: según la doctrina, el periespíritu se depura a medida que el Espíritu avanza. La transformación interior no es solo una idea; deja huella en la constitución misma del ser.

V. La muerte no desintegra: separa

Las preguntas 154 a 162 de El Libro de los Espíritus, dedicadas a la separación del cuerpo y del alma, describen la muerte de un modo que cambia por completo la imagen popular del asunto.

Kardec es explícito: la muerte destruye el cuerpo, pero no la segunda envoltura, que simplemente se separa de él cuando cesa la vida orgánica. El cuerpo vuelve a la materia; el Espíritu no se queda solo ni desnudo. Sigue siendo alguien, con forma, memoria y afectos.

Esa desvinculación, además, no es instantánea. La respuesta a la pregunta 155 lo dice con una imagen precisa: el alma no vuela «como un pájaro prisionero al que de súbito se deja en libertad», sino que se desprende poco a poco, y los lazos «se sueltan y no se rompen». Kardec añade que la lentitud del desprendimiento guarda relación con la preponderancia que el Espíritu dio a la materia durante la vida: en unos toma horas; en otros, mucho más.

Si te interesa seguir ese proceso paso a paso, lo tratamos con detalle en ¿Qué ocurre en el momento de la muerte?. Lo que aporta este artículo es la otra mitad de la explicación: qué es exactamente lo que se desprende.

Y aquí se cierra el círculo de esta serie. El velo del olvido opera sobre la memoria mientras el Espíritu está encarnado, pero no borra los afectos. Los lazos familiares se sostienen porque hay un ser que persiste con su envoltura y su historia. Y el progreso es posible porque ese ser conserva lo adquirido aunque cambie de cuerpo, de mundo y de circunstancias.

Somos, en la lectura espírita, un Espíritu inmortal que usa temporalmente un cuerpo, unido a él por un lazo que lo acompaña más allá de la muerte.

🕊️ Para meditar

Si el cuerpo es un instrumento prestado y el periespíritu refleja poco a poco tu estado moral, entonces lo que estás construyendo hoy con tus decisiones no se queda en esta vida: viaja contigo. ¿Qué estás grabando en esa envoltura que sí te vas a llevar?

Comprender los tres componentes del ser humano no es un ejercicio de anatomía espiritual. Es una manera de recordar que el cuidado del cuerpo, la honestidad del pensamiento y la calidad de los sentimientos no son asuntos separados: los tres se trabajan al mismo tiempo, porque los tres son parte de lo mismo.


Con esta entrada cerramos la serie Reencarnación y vínculos. En la próxima abriremos una nueva serie dedicada a la mediumnidad y la práctica espírita, comenzando por un tema tan buscado como malentendido: la obsesión espiritual, sus tipos y el camino de liberación.

Etiquetas: Periespíritu · Espíritu · Cuerpo · Principio vital · Muerte · Doctrina Espírita

Fuentes para profundizar

  • Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, preguntas 93–95: Periespíritu.
  • Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, preguntas 134–135: Del alma.
  • Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, preguntas 60–75: Principio vital.
  • Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, preguntas 154–162: Separación del cuerpo y del alma.
  • Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, Libro Segundo, capítulo III: Turbación espiritista.
  • Allan Kardec, La Génesis, capítulo XIV («Los fluidos»): desarrollo posterior de la naturaleza fluídica del periespíritu.

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